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Castelldefels, 9 de febrero, 2010. ¡Felicidades a los llamados[as] Apolonia!. ¡Felicidades a los llamados[as] Apolonia!.

En tal día y mes como hoy nació en el año...

1931, Thomas Bernhard , .

1940, J.M. Coetzee , .


¡Hola, buenas noches!.

Me llamo Manuel, pasa y acomódate si así lo deseas. Esta web, www.literario.net es un lugar para el encuentro en la tramontana, es decir más allá de las montañas, en la que siempre recibimos a los nuevos con una sonrisa. :-). Si lo deseas puedes leer y escribir en cuantas ocasiones desees en nuestras diferentes secciones, entre las que se encuentran las de poesía, ensayo, narrativa, crítica y otros géneros literarios.
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Jesús Ademir Morales Rojas
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Ecos del mundo antiguo II
 Enone

El corazón femenino es un enigma.
Cada latido tiene un motivo, cada estremecimiento una finalidad cifrada.
Es un vértice en donde se congregan todo tipo de ansiedades, apetitos y esperanzas. El ritmo
de su deseo tiene un recóndito código, confidencial e intrincado:
ni el Teseo más avezado podría adentrarse fácilmente en sus meandros complejos, con el fin
de hacerse de los ocultos designios de sus amorosos afanes.
Sirva como testimonio de lo anterior la triste desventura de Enone. 
Paris de Troya se enamoró de esta ninfa muy joven, siendo pastor en las laderas del monte
Ida. Se unieron ardorosamente y de este vínculo Enone tuvo un hijo, el pequeño Corito. Al
enterarse del proyectado rapto de Paris a Helena, la presagiante ninfa advirtió al príncipe
troyano que no llevase a cabo tan temeraria empresa, pero fueron sus ruegos por demás
ineficaces para persuadirlo. Finalmente Enone sumisa, le suplicó que acudiese a ella si
acaso fuese herido en combate, pues nadie más que ella sería capaz de curarle. 
Cuando a la postre fue herido de muerte por una flecha de Filoctetes, Paris retornó
presuroso y afligido al monte Ida implorando a Enone que le curase, pero la ninfa despechada
por el cruel abandono, se negó rotundamente. Así entonces, Paris murió. Algunas versiones
del fatídico mito agregan que más tarde, arrepentida de su proceder, fue en pos del
agonizante. Al descubrirlo muerto ya, ciertos escritores antiguos detallan que se ahorcó
presa del remordimiento, otros que se precipitó en la pira funeraria de Paris. 
De cualquier manera obsérvese un detalle importante:
Enone tenía el don de vaticinar el porvenir, ella supo de su infausto destino desde el
primer acercamiento con Paris: aparentó felicidad aún sabiendo de su adversa fortuna futura;
se mostró afligida ante la partida cruel aún sabiendo que Paris retornaría vencido y
suplicante; demostró dolor ante la defunción irremediable, cuando en el fondo quizás ella lo
que procuró desde un inicio fue precisamente poner a salvo a su amante para luego reunirse
con él, más allá de la muerte, en las sombras seguras del Hades, para por fin sin caretas,
sin secretos, ni interferencias, dedicarse a una contemplación mutua, fría pero sin
perturbaciones, anodina más imperecedera.
Porque el corazón femenino es un enigma.
Y cada latido tiene un motivo y cada estremecimiento una finalidad cifrada.


Hipocrene

Pegaso fue un espléndido caballo alado que perteneció al héroe Belerofonte, quien se sirvió
de él para matar a Quimera y derrotar a las Amazonas. Entusiasmado por estas hazañas
Belerofonte forzó el vuelo de Pegaso para alcanzar al Olimpo. Zeus enfurecido provocó
molestia en el divinal rocín que, encabritado, derribó a Belerofonte arrojándolo al vacío.
De igual manera, la razón humana mal encauzada, sin que la contenga límite alguno, en vez de
servirse de sus potencialidades para adentrarse con admiración y un venerar expreso al
infinito enigmático que nos configura y trasciende, muy por el contrario, utiliza al mundo
en su totalidad para idolatrarse, engullendo su entorno desaforada, con el turbio afán de
serlo todo a través de un grosero pragmatismo y la sempiterna violencia, siguiendo una recta
trayectoria a la autoconsumición .Y sin embargo, es posible que el brío del caballo
celestial nos conduzca de igual manera a la otra cara de la moneda: durante el certamen
entre las Musas y las Piéridas, el monte Helicón literalmente se hinchó de plácemes, motivo
por el cual a punto estuvo de perturbar las olímpicas alturas. Neptuno entonces envió a
Pegaso contra la cima impertinente. El rocín golpeó la montaña con sus cascos y la impelió
así a retornar a sus dimensiones habituales. Justo en el paraje tocado por el divino animal
brotó la fuente cristalina Hipocrene. Las Musas se reunían a su alrededor para felices
cantar y entregarse a la danza. Por lo tanto, los favores del caballo alado no tienen porque
ser forzados de ninguna manera posible, basta con acercarse amorosamente a las Musas, y con
alegría dócil, beber del manantial de ensueños del Monte Helicón que se erige en la
omnipresente región de la humana fantasía, para acceder así, a través de la intuición, del
arte, y los sentimientos, al poder transmutarse en expresión pura, e indiferenciarse con el
oleaje, siempre en cíclico movimiento, del eterno mar del ser. 


Dido

Hija de Muto, rey de Tiro y hermana de Pigmalión, desposó a Siqueo, sacerdote de Heracles.
Al morir el monarca, Pigmalión lo sucedió. Ansiando éste hacerse con los bienes de Siqueo
dispuso su ejecución. Después, en sueños, el difunto consorte advirtió a Dido de estar en
riesgo de ser la próxima víctima del homicida rey. Acompañada de un séquito numeroso la
princesa abandonó Tiro. Se estableció entonces en África, y con tan buena fortuna y
prosperidad creciente, que pudo fundar la ciudad de Cártago. Su rápido progreso provocó la
envidia de Jarbas, rey de Getulia, que exigió a Dido en casamiento a cambio de la no
destrucción de Cártago. Dido se opuso rotundamente a la voluntad de Jarbas durante largo
tiempo, hasta que decidió al fin, inmolarse en las llamas de una pira humeante. Virgilio,
romano estudioso de la mitología griega, aprovechó esta tradición para relatar en la
“Eneida" como, al arribar azarosamente el héroe troyano Eneas a Cártago, Dido se
enamoró por completo de él. 
Celoso, Jarbas solicitó a Júpiter alejara de una vez al inoportuno extranjero. Eneas se
liberó entonces de los pasionales ruegos de Dido por no dejarle partir y gobernar juntos la
populosa urbe. Porque el deseo de la futura fundación de Roma pudo más en el alma de Eneas.
Cuando el héroe partió a Italia, Dido, con el corazón destrozado, se suicidó.
La triste historia de Dido es como una flor de múltiples aromas, en donde cada uno aspira
una esencia distinta pero al mismo tiempo poseedora del mismo trágico matiz.
En esta nota se propone imaginar que Virgilio ha mentido.
No hubo ningún extranjero gallardo y cautivador que arribara a Cártago. No hubo seducción
alguna, ni auxilio de Cupido para entrelazar a los amantes: no se dio el tierno y erótico
momento en una cueva solitaria en una tarde de cacerías y de tormenta. Nadie partió de
Cártago dejándole desesperada con una ilusión perdida. Nadie. Porque tal vez Eneas sólo ha
sido un sueño de la Dido acosada y sola, de la reina agobiada, de la mujer ambicionada, del
ser humano hundido en la más absoluta impotencia. Y así por lo consiguiente, Eneas, Roma, la
“Eneida”, Virgilio, la historia posterior de Occidente y tal vez hasta nosotros
mismos hoy día, no seamos más que una ilusión de amor que Dido permitió dejar fluir libre y
sin control alguno, como un acto de amor incondicional y entrega completa al ser ideal que
consuela, y da vida, aún al quitarla. Sin duda, cuando Jarbas ya cercaba Cártago, cuando
tenía casi a la mujer deseada en su poder, mientras Dido decidía mejor entregarse a las
caricias dolorosas del fuego, tuvo entonces el bello sueño de un príncipe llamado a fundar
una ciudad tan relevante que a la postre transformaría un mundo, y tanto amor le inspiró ese
ser precioso nacido de sus más caros anhelos, que hasta fue capaz de permitirle volar por su
cuenta, para fraguar su glorioso destino.
Quizás durante su último suspiro, cobijada ya en las cenizas tibias, Dido imaginó
encontrarse a su amado, peregrino por el Inframundo. Allí, en donde un Eneas lleno de
remordimientos trató de excusarse ante ella por renunciar a su pequeño mundo de ambos, lleno
de amor y pasión, por otro material y enorme de fama imperecedera. El silencio conmovedor de
Dido, ese silencio de despecho, de dolor, de rencor sin medida, ese silencioso alejarse
hacia las sombras y a la silueta difusa de un equívoco Siqueo fantasmal, más bien podría
ser, ese silencio, un ronco y mudo sollozo de renuncia y entrega amorosa sin medida.
Un amargo y dulce sacrificio.
 

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