Qué mundo éste Que este mundo está perdido es un hecho incontestable. Fíjense ustedes si no
en los sucesos que nos asaltan a diario al torcer una esquina o los que vemos y oímos
en las pantallas de nuestros televisores, llegándonos, vía satélite,
desde los más recónditos parajes del globo (nítido sonido y
vívidas imágenes, tantas veces escalofriantes); sucesos a los que no es
posible darles no ya un sentido, sino ni siquiera un calificativo adecuado, pertinente...
No es de extrañar pues que la impotencia y la negatividad más extremas hayan
terminado por apoderarse de nuestros espíritus, y con ellas la convicción (ya
casi inamovible), de que nada podemos hacer para remediar, o al menos paliar en parte, la
calamitosa situación en la que nos hallamos inmersos.
Y si bien hay aquí quienes piensan (son los optimistas) que todavía tenemos
solución, y que ésta se encuentra en el amor (aquél con que nos
entreguemos a los demás, el que pongamos en cada uno de nuestros actos, el que
derramemos a nuestro alrededor en nuestro diario vivir), es claro que tal filosofía
de vida es fácil de predicar, pero bastante más difícil de llevar a la
práctica: a menos -por supuesto- que no nos dediquemos a emular la Vida de Nuestro
Señor Jesucristo, opción harto riesgosa, peligrosa y difícil, que de
sobra es sabido cómo las pasó el Hijo de Dios hecho Hombre aquí entre
nosotros, de modo y manera que no me lo veo yo de ningún modo repitiendo la
experiencia, a pesar de lo que a los cuatro vientos proclaman los Adventistas, esos
rematados ilusos.
¿Pero por qué y para qué engañarnos? ¿Hemos mejorado
algo desde entonces? Todo lo contrario. Hemos empeorado, como es harto manifiesto. Que hoy
por hoy (y aquí y ahora, que no pongo en duda que quizá, algún
día, tal vez, quién sabe, las cosas cambien y todo sea diferente; tan lejos no
llega mi radical pesimismo...) esto es la guerra, el sálvese quien pueda, el ojo por
ojo y el diente por diente, el quítate tú para ponerme yo, la
sistematización de la zancadilla y de la puñalada trapera, el te doy dos a ver
si logro sacarte veinte y si además puedo defenestrarte el alma, pues mejor que
mejor, si con ello obtengo algún beneficio, cualquier provecho...
Pero ah, de ningún modo quiero que se piense que sólo hago hincapié en
lo negativo mientras de manera deliberada y tendenciosa soslayo lo bueno y positivo. No.
¿Cómo se me puede escapar que a pesar de todo en este convulso y conflictivo
mundo nuestro existen personas nobles, buenas y puras? Hombres y mujeres hechos de otra
materia, de otra pasta; que parecen pertenecer a otra dimensión, a otro
ámbito; seres sin duda de carne y hueso, como usted y como yo, pero cuyo lenguaje,
ademanes, gestos, actitudes y comportamiento nada tienen en común con los nuestros.
Tanto es así que si se da la circunstancia de que nos topemos con uno de estos seres
(en la calle, en el parque, en la cafetería, en el supermercado, a la entrada o a
la salida de un cine o de un teatro), ipsofacto se apodera de nosotros una intima
desazón, y sin darle tiempo a reaccionar -y menos aún de comprender de
qué va la cosa ni cómo ni por qué le ha sobrevenido- arremetemos contra
el puro con tan extrema violencia que tal se diría que es nuestra propia existencia
lo que está en juego.
Sé de qué os hablo, pues yo mismo me vi envuelto no hace mucho en una
experiencia semejante. Fue una soleada mañana de domingo en uno de los parques de la
ciudad. Leía yo la sección Deportes del diario despatarrado en un banco. En un
determinado momento, el personaje se acercó a mí y me solicitó
"permiso" para sentarse en el espacio libre a mi lado. Aparté con brusquedad el
periódico y lo contemplé de arriba abajo, largamente, con calculada y
deliberada lentitud, con penetrante y fría mirada de entomólogo. La
educación, la delicadeza, el tacto, la ceremoniosidad; la clara y limpia mirada del
personaje, sus serenos, calmos y reposados movimientos; el suave tono de su voz; pero, sobre
todo, el inequívoco aire de bondad y de honda complacencia consigo mismo y con cuanto
lo rodeaba, me persuadieron de que tenía ante mí a... ¡un puro!
Me estremecí de los pies a la cabeza. Sentí cómo se alteraban mis
nervios. Entonces el puro, quizá creyendo que yo no había oído bien sus
palabras, o que no las había entendido a cabalidad, repitió su solicitud con
tono aún más cortés y respetuoso que antes. Y ahí y así
empezó todo. Dominado por el más intenso furor me le fui encima y con los
puños fuertemente cerrados lo golpeé una y otra vez en la cara y por todo el
cuerpo, con tal saña y vesania, con tal grado de refocile y de entusiasmo, que yo
mismo no conseguía entender qué pasaba.
De inmediato una enorme multitud, ávida de violencia y de sangre, se
arremolinó a nuestro alrededor con un escándalo de vándalos. Todos a
una gritaban:
-¡Dale, dale! ¡Mátalo, mátalo!
Sólo la oportuna y decidida intervención de un matrimonio de ancianos que por
allí había (y al cual le estaba yo arruinando sin duda el pickni dominguero)
impidió que yo dejara a aquel pobre diablo literalmente dispuesto para la misa in
corpore insepulto y todo el resto... Primero intentaron controlar la situación por
su propia cuenta. Pero cuando vieron que nadie allí les hacía el menor caso y
que la multitud rugía amenazadora, dispuesta a romperle algún hueso con tal de
que se quedaran quietos, tan rápido como sus cansadas piernas se lo permitieron
corrieron en una determinada dirección, retornando al cabo en compañía
de una pareja de agentes del orden, los cuales me arrancaron de inmediato al puro
-descalabrado y maltrecho y todo cubierto de sangre- de las manos, ciñeron con sus
esposas férreamente mis muñecas y me condujeron en volandas al Destacamento
más próximo...
Un año ha pasado desde aquel increíble suceso y todavía le doy
vueltas y más vueltas, lo analizo por abajo y por arriba y por detrás y por
delante sin lograr dilucidar el cómo ni el porqué de mi singular
comportamiento, qué me arrastró a tan extremo grado de ofuscación
mental, poniéndome al borde mismo del homicidio en primer grado y sin atenuantes.
¡Qué duda cabe! El asunto exige reflexión. Por eso os lo he puesto
aquí por escrito, para que apliquéis en él toda vuestra capacidad de
introspección y de análisis (aun cuando sólo sea a ratos, dada la cada
vez menor disponibilidad de tiempo de la que padecemos todos). Espero que, sean cuales sean
las conclusiones a las que lleguéis, me las hagáis saber por cualquier medio
de forma inmediata. ¿Vale?
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