Rodolfo Carmona
: Muere el toro virgen en la plaza Muere el toro virgen en la plaza y espejea la sangre en el albero. Y tiene maldita la gracia
esta primera frase, aunque sea cierta. Y la tiene porque yo quería hablar de la alegría. O
cuento menos, no nombrar la palabra muerte. Y, por qué no, ni dolor, ni oscuridad, ni
desierto, ni despedida...
Pero confesemos que empezar con "muere el toro virgen en la plaza" condiciona el tono de
todo lo demás y emerge desde el folio enrojecido el maestro José Tomás erguido como un dios
mediterráneo. Y después de confesarlo comamos la manzana, abandonemos el paraíso, seamos
Adán y Eva, copulemos en esta mañana helada. Porque es primordial abandonarse al ceremonial
del gozo de existir, tener hambre de tormenta, de bocanada de azúcar, de noche y de gemido.
Tener hambre de plegarias y blasfemias, de miedos y placer. Tener hambre de existencia y
negritud. Porque hay que atreverse a navegar a sotavento, aunque sea en los mares del sur.
Hay mañanas donde uno debe alabar a Dios con la promesa de citar a pies juntillas lo hermoso
de la vida. Hay mañanas para una taza de café y un lingotazo de ron a palo seco, para
comenzar a escribir cartas de amor sin sello y sin remite; para pronunciar su nombre de
mujer: Madeleine. Para escribir gracias, Elisa, Rebeca, Israel, Francisca, Orfani... Hay
mañanas en que el jardín baila las hojas y los pétalos a ritmo de son cubano. Dancemos.
Entra el sol y acaricia la luz todos los rincones de la casa. Suena la guitarra y la
trompeta. Pero son más hermosos hoy los acordes del viento que Bach y José Alfredo Jiménez
juntos. Está el viento juguetón con las palmeras y rosales. Está el viento atareado entre
las ramas. Infancia. Torrevieja a manos llenas. Espuma en la bahía, restos de conchas en la
playa, un sueño en el palo mayor de una goleta que está a punto de zarpar.
Arrojemos todos los miedos por la amura de babor, alejemos la ballena, entremos en el mundo
con los ojos ebrios, trabajemos el aire como una escultura sagrada, escribamos la novela que
necesita cada despedida, volvamos al papá y a la mamá de nuestro ayer.
Ya suena el aleteo de lo viviente, las sílabas del sueño más íntimo. Ya nos atrevemos a
coger las brevas y los nísperos del atardecer, ese tibio racimo que ofrendan las higueras a
los dioses todos los últimos días de cada guerra.
Viajan los planetas hacia el este, regresarán pronto los flamencos desde el sur. La
humanidad se pierde por el mundo, preñada de nostalgia por el trozo de tierra que le vio
nacer. Dejemos sin goznes las puertas de cada patria, abramos las ventanas de la casa,
descorramos la colcha de la cama, busquemos el abrazo que no admite las fronteras, salgamos
al patio a terminar el poema.
La vida se hace viaje cada primavera. Y sonrío porque esta primavera puede ser, al fin, la
nuestra. Porque puestos a escoger prefiero la magia a la ciencia, tu corazón a los escudos,
la literatura estremecida -arriesgándose al fracaso en cada frase- a la crónica aséptica de
un crimen. No se trata de llenar de palabras el silencio, ni de eso tan estúpido de llenar
de silencio las palabras. Se trata de soñar el abecedario y vivir la ensoñación. Que cada
cual lo haga a su modo.
Roban los azulejos de Lisboa y queda Pessoa escribiendo en el vacio, quedamos todos
emborronando las odas de Virgilio, como si de pronto todos los actos se hubiesen convertido
en inútiles, como si el color de estas nubes no fuera sino el blanco luto de los Omeya, el
luto por todo lo perdido. Pero convirtamos el luto en la antesala de un bautizo,
desvistámonos para la fiesta. No hay nada bendito en la tristeza.
A estas alturas del discurso más que un filósofo reclamo una prostituta para tomar unas
cervezas.
Hace un día espléndido. Sonríe Dios entre la flora: sonríe porque no quiere imitar la muerte
de Cristo sino su resurrección, sonríe porque no quiere ni lavarse las manos, ni negarle
tres veces; sonríe porque ya no quiere ser un Dios enterrado bajo las columnas de Bernini.
Y una mujer se ahorcó esta mañana. Pensó que la vida terminaba en su propia geografía.
Sobresaltos. No la juzgo. ¿Quién diablos soy yo para juzgarle? La existencia tiene patente
de corso, suficiente ámbar gris para saldar la deuda de cualquiera. El mañana es siempre una
promesa, un lugar donde ser lo imaginado, un abecedario con el inventar un nuevo lenguaje de
vivir.
Está rolando el viento y andan las historias buscando bocas que declamen su belleza.
Recitemos en voz alta las palabras denostadas. No nos extrañemos de lo sido. Zambullámonos a
calzón bajado en la poesía. El verso final no ha llegado todavía.
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